Los secretos de las tumbas de los primeros pobladores del centro de Tlalpan (Parte 01)


El entierro con el mayor número de invididuos reportado para el Preclásico. Fotografía de Mauricio Marat. Archivo propiedad del INAH.


Por Amapola Nava

Ciudad de México. 12 de abril de 2018 (Agencia Informativa Conacyt).- A metro y medio bajo el suelo de Tlalpan, en lo que ahora es la Universidad Pontificia de México (UPM), una espiral formada por diez esqueletos humanos descansaba en una fosa. Los restos esperaron casi dos mil 500 años para volver a la superficie de la tierra, hasta enero de 2018, cuando los arqueólogos de la Dirección de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional del Antropología e Historia (INAH) se encontraron con los primeros habitantes del centro de Tlalpan.

Todo empezó en el año 2006, gracias a que la UPM decidió ampliar sus instalaciones y construir una biblioteca y siete módulos de dormitorios. Pero la universidad se encuentra en el centro de Tlalpan y en todo centro histórico existe la posibilidad de dañar vestigios históricos y arqueológicos al realizar una construcción, así que por ley había que consultar al INAH antes de comenzar cualquier proyecto.

Las autoridades de la UPM notificaron al INAH y después de una inspección, el instituto concluyó que era necesario hacer un salvamento para asegurar que debajo de la zona de construcción no había vestigios importantes. El responsable del salvamento sería al arqueólogo Alejandro Meraz Moreno.

Antes de realizar una excavación, un arqueólogo debe documentarse sobre el lugar y las culturas que lo han habitado. Pero, aunque Alejandro imaginaba lo que podía encontrar bajo la universidad, no podía dar nada por sentado y se llevó una grata sorpresa al encontrarse con los restos de uno de los primeros asentamientos humanos de la zona sur de la Cuenca de México, un asentamiento que existió mil 500 años antes que los aztecas.

El descubrimiento
Alejandro Meraz procedió según la metodología arqueológica, realizó cinco pozos de sondeo de dos metros por dos metros para analizar si debajo de la futura biblioteca había vestigios de importancia. Pero no encontró más que pedacería de cerámica sin contexto alguno, lo que los arqueólogos llaman tepalcates o tiestos. De ellos se puede obtener información, pero al tratarse de material fragmentado no son elemento suficiente para detener una construcción.

Pero todo cambió cuando comenzó a trabajar en la zona de los dormitorios, donde unos círculos de tierra oscura, húmeda y suelta, lo hicieron sospechar que la capa natural de tierra había sido removida para crear algún tipo de depósito.

Conforme excavaba, los círculos de tierra suelta se hicieron más y más grandes, la tierra resultó ser el relleno de un grupo de fosas troncocónicas, un tipo de excavación en forma de cono cortado que se utilizaba en la época prehispánica para almacenar grano, para depositar desechos o para realizar entierros. En estos almacenes subterráneos, el arqueólogo encontró ofrendas y esqueletos humanos.

Entierro en Tlalpan. Fotografía de Mauricio Marat. Archivo propiedad del INAH.La construcción debía parar si se quería obtener mayor información del hallazgo.

Huesos milenários
Lo que Alejandro Meraz encontró, pieza por pieza debajo de la universidad, fue una aldea. Había que investigar hace cuánto habían vivido los habitantes de la población, había que investigar los entierros.

A simple vista, el estado de conservación de los huesos no le decía nada a Alejandro Meraz, el arqueólogo necesitaba más elementos para determinar algo fundamental, la antigüedad del hallazgo.

“El estado de conservación de los huesos va a depender de las condiciones del suelo donde están enterrados; si hay mucha acidez, se deterioran rápidamente, si hay variaciones frecuentes de temperatura o humedad, también se deterioran con rapidez, pero si hay condiciones estables, los restos se conservan mejor”.

Lo que le ayudaría a Alejandro Meraz a conocer la fecha de los restos era el análisis de la cerámica asociada al lugar, pero sobre todo los depósitos estratigráficos.

Cuando se realiza una excavación en la tierra, es posible observar distintas capas de depósito que se han formado en periodos históricos diferentes. Al estudio de estas capas se le llama estratigrafía y a los arqueólogos les permite conocer a qué etapa corresponde un vestigio.

Para no destruir estas capas de tierra, Alejandro Meraz tuvo que asegurarse de hacer una excavación controlada en todo momento. Con eso detectó a qué nivel del suelo los antiguos habitantes de Tlalpan perforaron el terreno para cavar y enterrar a sus muertos.

Al parecer, los entierros pertenecían a un periodo conocido como el Formativo o el Preclásico, una etapa situada entre el dos mil 500 antes de nuestra era y el 200 de nuestra era. Cuando se tuvieron resultados más precisos, se supo que la aldea tuvo su origen alrededor de 400 años antes de nuestra era, en la época en que los humanos comenzaron a asentarse en el sur de la Cuenca de México.

Hasta ahora, esta es la población más antigua que se asentó en lo que hoy es Tlalpan.

Los primeros pobladores de Tlalpan
En otras regiones del país, los seres humanos dejaron la vida nómada a inicios del Formativo, dos mil 500 años antes de nuestra era. Pero en la región sur de la Cuenca, las poblaciones tardaron casi un milenio más en establecerse, comenta Alejandro Meraz.

Fue hace mil 800 años cuando las poblaciones humanas de lo que ahora es Tlalpan comenzaron a cambiar su forma de vida. Se establecieron y formaron aldeas, en las que su organización social se volvió compleja y donde integraron la agricultura a su economía de alimentación, que antes se basaba solo en la caza, la pesca y la recolección.

Otra característica distintiva del Preclásico es que los humanos aprendieron a producir objetos de cerámica, explica Alejandro Meraz. Esto ha permitido a la arqueología estudiar más de las costumbres de los grupos antiguos.

En Tlalpan, los grupos humanos encontraron un lugar ideal para establecerse, con abundantes fuentes de agua dulce y un suelo fértil. Además, el bosque templado que en ese entonces dominaba el paisaje era hábitat de conejos, venados y diversas aves, animales perfectos para la caza. Las condiciones permitieron a los habitantes seguir poblando el lugar por casi 500 años.

La vida en la aldea
En la aldea preclásica de Tlalpan, las familias no vivían como en las casas y departamentos actuales. Las personas vivían en unidades domésticas, espacios en los que se tenía una habitación, parecida a un pequeño jacal, que cumplía la función de refugio, pero que alrededor, en un espacio al aire libre, tenía otros elementos esenciales para las actividades diarias, como los fogones, las zonas de molienda de granos, los depósitos de desechos, los almacenes de alimentos y las fosas funerarias.

Identificación de los huesos encontrados. Fotografía de Mauricio Marat. Archivo propiedad del INAH.

Los instrumentos que los aldeanos dejaron sugieren que les gustaba la música, que tallaban piedra para elaborar puntas de proyectil y navajillas de obsidiana, pero también para crear sus artefactos de molienda; además, trabajaban la cerámica, y no solo para fabricar recipientes, sino para crear figuras con formas humanas y otras representaciones de su vida.

Algunos de los objetos encontrados parecían no haber sido elaborados por los habitantes de la aldea y los arqueólogos sugieren que llegaron allí como producto del intercambio con la ciudad contemporánea de Cuicuilco, que se encontraba a dos y medio kilómetros de allí.

Los estudios apuntan a que varias aldeas de entre 50 y 100 personas, parecidas a la encontrada en la UPM, surgieron en la misma etapa en la que Cuicuilco, que se pobló 300 años antes que el centro de Tlalpan, comenzó a crecer y convertirse en el centro que controlaba las actividades políticas y territoriales del sur de la Cuenca, detalla el arqueólogo.

Fonte: http://www.conacytprensa.mx/index.php/ciencia/humanidades/20778-inah-preclasico-arqueologia (12/04/2018)

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