sexta-feira, 10 de julho de 2015

Renace el Camino del Inca (PARTE 01)


Antes de la llegada de los españoles a América, los incas levantaron un inmenso imperio, unido gracias a una vasta red de caminos. Gran parte fue cubierta y olvidada. Hoy, los países andinos, con Perú a la cabeza, tratan de recuperar su trazado, patrimonio de la humanidad, repleto de tradiciones ancestrales.

Foto: Los países andinos, con Perú a la cabeza, tratan de recuperar su trazado, patrimonio de la humanidad, repleto de tradiciones ancestrales.

Bajo el efecto del calor, el corazón de un cordero recién sacrificado explota con un ruido sordo. El fuego de un brasero encendido por el chamán devora las ofrendas depositadas en el suelo, sobre una terraza natural, a lo largo de un cañón polvoriento de tonos rojizos, en los Andes peruanos.

Maíz, granos de coca, vino y dulces que el sacerdote andino (paqo en quechua) ofrece a la Madre Tierra durante una ceremonia con cinco siglos de antigüedad: la reconstrucción anual del Q’eswachaka, el último puente de cuerda inca del mundo. “Desde la fabricación de esta obra, mucho antes de la llegada de los españoles, en 1532, nuestras divinidades nos han empujado a deshacerla y rehacerla una vez al año bajo pena de castigos como el granizo y el rayo”, explica con voz lastimera Cayetano Ccanahuire, un sexagenario de pequeña talla y rostro curtido.

Inclinado sobre las llamas, a más de 3.700 metros de altitud, este paqo reza día y noche para evitar accidentes durante los tres días de la reconstrucción. A su alrededor, los campesinos quechua se reúnen antes de tensar sobre el río Apurímac, cuyo cauce desemboca en el Amazonas, seis gruesas cuerdas de paja. A continuación las atan a unas viejas bases de piedra, creando así la estructura de este puente de 28 metros de largo.

En lo alto del cañón, un grupo de mujeres vestidas con telas multicolores y coronadas con un sombrero de estilo bombín conversan arrodilladas, retorciendo las cuerdas de paja que servirán para el tejido de las estructuras laterales del puente. Obsoleto hoy día tras la edificación hace medio siglo de una obra cercana más moderna, el evento continúa reuniendo, cada mes de junio, a cerca de un millar de herederos del imperio inca obligados a tomar el relevo para poder escapar de las penas divinas.

“Hace una década, el puente no pudo ser renovado por el desgaste de las bases de piedra. Ya sea por acción divina o no, estos campesinos sufrieron a continuación una granizada”, cuenta la antropóloga Ingrid Huamaní, quien participa en el Proyecto Qhapaq Ñan.

Se trata de una iniciativa del Gobierno peruano cuya ambición es exhumar la antigua red vial de los incas, de la cual forma parte el puente. El Qhapaq Ñan (camino real en quechua) peinaba el imperio inca (Tahuantinsuyu), dividido en aquella época en cuatro grandes regiones –Chinchaysuyu, Cuntisuyu, Collasuyu y Antisuyu–, y se adentra actualmente en seis países: Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Un entramado de caminos de más de 23.000 kilómetros, según cálculos del arqueólogo estadounidense John Hyslop en 1992, aunque hallazgos recientes lo estiman en mucho más: solo en Perú, unos 25.000 kilómetros de vías. Varios tramos ya han sido restaurados. El trabajo conjunto de los seis países propició en junio de 2014 el reconocimiento de algunos tramos como patrimonio de la humanidad por la Unesco: 5.200 kilómetros (1.200 de ellos en Perú).

Ninguna de las naciones ha lanzado una iniciativa tan ambiciosa como la peruana, con el Proyecto Qhapaq Ñan. Financiado con un tercio de los ingresos generados por el Machu Picchu (ocho millones de euros), los fondos han ayudado a restaurar las bases y las escaleras de piedra que descienden al puente Q’eswachaka desde lo alto del cañón, permitiendo a los campesinos mantener viva su tradición, igualmente inscrita desde 2013 en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.

Si bien hace cinco siglos era necesario marchar un centenar de kilómetros desde Cuzco, la antigua capital imperial, para llegar al puente, en la actualidad se toma una ruta asfaltada, parcialmente construida sobre la red inca. “Varias vías modernas están superpuestas sobre los caminos precolombinos, ya que la mayoría de las veces no han sido apreciados en el pasado como tesoros arqueológicos”, explica Marcelino Soto. Desde el jeep se observa un sendero bordeado por muros de piedra que serpentea la ladera de la montaña. “Ahora, cuando se traza una nueva ruta, se verifica minuciosamente que ninguna porción del Qhapaq Ñan esté amenazada, y tanto el ministerio de Transportes como el de Cultura tienen que aprobar las obras”, precisa el arqueólogo, cuyo acento en español revela que el quechua –10 millones de hablantes– es su lengua materna.

Un idioma milenario que usaban los comerciantes de la costa y que sería adoptado por los incas, quienes hablaban el puquina, explica Pablo del Valle, antropólogo de la Unesco. “Esta lengua les resulta muy práctica cuando Pachacútec [el reformador del mundo, en quechua], noveno soberano inca, comienza la expansión del imperio, en el siglo XV.
Gracias al juego de alianzas con tribus a menudo quechuahablantes, este pueblo, que ignoraba la existencia de la rueda, la escritura y la moneda, pudo levantar en menos de un siglo uno de los imperios más grandes conocidos en aquella época. Un territorio cuatro veces mayor a la superficie de España con 12 millones de habitantes”, continúa este cuzqueño, en el interior de uno de los restaurantes de estilo colonial de la plaza de Armas, en Cuzco.

Como la mayoría de las construcciones del casco antiguo, este edificio de arcadas y grandes balcones de madera ha conservado los muros de piedra de una antigua edificación inca. Desde esta plaza, punto kilométrico cero del Qhapaq Ñan, partían las cuatro rutas principales en dirección a las cuatro grandes provincias (suyus).

En la antigua región del Chinchaysuyu, 350 kilómetros al norte de Lima, capital del país, los arqueólogos Guido Casaverde y Alfredo Bar recorren el mar de arena del desierto en el valle de Casma en busca de tramos de viejas vías que conduzcan hasta la sierra. En esta zona costera, la temperatura alcanza niveles caniculares a pesar del invierno austral.

El cielo luce tonalidades amarillentas, y la arena fina, levantada por una ligera brisa, golpea el rostro. Guiados por fotografías aéreas con más de 30 años e imágenes de satélite actuales, los expertos descubren repentinamente una ruta de unos 10 metros de ancho. Tras una duna colosal, la vía centenaria se muestra intacta, delimitada por unos pequeños muros de piedra de apenas una decena de centímetros de altura.

A diferencia de la mayoría de los senderos de montaña, este no está empedrado; en el litoral, los incas se limitaban a aplanar el suelo arenoso. “Para identificar nuevos caminos, estudiamos la cartografía de los siglos XIX y XX, así como las obras de época. Tal es el caso de la Ordenanza de Tambos, que nos ha permitido descubrir esta nueva ruta costera.

En este documento de 1543, Cristóbal Vaca de Castro, gobernador de Perú, exigía a los hacendados el buen mantenimiento de los caminos y albergues de época imperial”, explica el arqueólogo limeño Alfredo Bar. “En este texto, el español informa de la presencia de tambos [albergues] en los valles de Huarmey, Casma y Nepeña.

Tres emplazamientos que siguen una proyección de sur a norte y que nos hacen suponer la existencia de un camino que los conecta”, añade, al tiempo que extrae un pequeño GPS plateado de su chaleco polvoriento para registrar la localización precisa de la vía.

Fuente: El País, España

Fonte: http://www.aimdigital.com.ar/2015/06/29/renace-el-camino-del-inca/ (01/07/2015)

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