sábado, 4 de junho de 2011

Ruth Shady, la mujer que cambió la historia del Perú

La arqueóloga y jefa del Proyecto Especial Caral-Supe cuenta sus esfuerzos para construir un polo de desarrollo sobre los restos de la civilización más antigua de América.

Tenía más de 40 años y varias cuentas por pagar cuando se entregó a una empresa que no le rendía beneficio económico. Con sus exalumnos pasó fines de semana en medio de la nada, con la certeza de que bajo esos cerros yacía algo importante. Lo que no sabía, era que su labor iría a cambiar para siempre la historia del Perú y el mundo
La arqueóloga Ruth Shady se quedó fría, no lo podía creer. El presidente Valentín Paniagua con su gabinete se había desplazado hasta el valle de Supe para conocer su labor. “Los hice caminar durante horas porque Caral ¡es enorme! Entonces casi no se veía nada, pero creyeron en mi relato”. Le preguntó qué necesitaba y ella, de inmediato: “Presupuesto”. En el acto, el cusqueño pidió a cada uno de sus ministros que le dijeran qué podían hacer. Shady y su equipo llevaban años trabajando en la puesta en valor de la que hoy es la civilización más antigua de América. No tenían agua, luz, ¡no tenían nada! “Lamentablemente él estaba ya casi de salida”, dice la hoy jefa del Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe porque, una vez que el gobierno de Paniagua le asignó un presupuesto, ni el 50% de este les llegó. ¿La razón? Los celos del entonces rector de la universidad San Marcos. “Ahí empecé a conocer la realidad del país”, dice ahora la profesional a la que debemos uno de nuestros mayores orgullos.

En Caral usted ha puesto en valor a la civilización más antigua de América. Sin embargo, los agricultores de ese valle no la quieren.
Aparentemente.

¿Cómo entenderlo?
Nosotros no somos políticos, y desde que llegamos al valle de Supe y vimos la enorme pobreza, tratamos de ayudarlos para que cambien sus condiciones de vida. Fomentamos su participación y junto a un equipo multidisciplinario de economistas, especialistas en agricultura, etcétera, elaboramos un plan maestro. Participaron todos los representantes de la sociedad civil, del Estado y los académicos. Identificamos los problemas en el valle y propusimos los lineamientos para alcanzar un desarrollo sostenible. No únicamente para los sitios arqueológicos, nuestra mira era que haya un desarrollo integral. Recién el 2006 logramos que el Estado diera la ley que lo aprobaba, pero a partir de entonces nuestro peregrinaje con los políticos de la zona ha sido muy limitado, porque vieron que nos estábamos metiendo en su campo.

Era un estorbo para sus pretensiones políticas.
Sentían celos de que supiéramos lo que había que hacer en el valle. Creían que les queríamos imponer las cosas. Nosotros incluso les llevamos a los especialistas para que conversen, pero no conseguimos gran cosa... Así, por un lado teníamos el reconocimiento que iba alcanzando Caral y, por el otro, que el valle seguía paupérrimo.

Si el avance fuese integral, los más beneficiados gracias al potencial turístico de la zona serían sus pobladores.
Claro, pero tendrías que conocer a la comunidad. Son migrantes que fueron captados por los hacendados como mano de obra barata y, con la Reforma Agraria, fueron ellos quienes se quedaron con las tierras. Pero como la reforma no debió solo dar tierras sino también capacitar, cuando llegué encontré que pese a tener terrenos de seis hectáreas, sus condiciones eran paupérrimas... Hicimos gestiones para que tuvieran desagüe, plaza de armas, para que se mejore la carretera de acceso… Todo con un perfil muy bajo, sin decirles lo que estábamos haciendo.

No se marketearon.
Para nada. No tenemos intenciones políticas. ¿Y qué ha ocurrido? Cuando estábamos por presentar a Caral para su reconocimiento como patrimonio mundial, nos percatamos de que iba a empezar la ambición por las tierras. Dijimos: “Es necesario un ordenamiento territorial que regule el uso de los suelos”. Le pedimos ayuda al presidente regional…

¿Qué respuesta obtuvo?
No le dio importancia, y cuando Caral fue declarado patrimonio mundial y nosotros regresamos contentísimos con ese galardón que habíamos conseguido para el Perú (el 2009), nos dimos con que habían empezado las ambiciones: comenzaron a llegar los compradores de tierras, y como la gente (los pobladores de la zona) no ve el largo plazo, comenzó a vender. El valle está lleno de restos arqueológicos: el 93, cuando nosotros hicimos la prospección arqueológica, solo nos interesamos por los veinte sitios con arquitectura monumental de la época de Caral, no por los cientos de sitios. Entonces, ¿qué ha ocurrido? Con la ambición por la venta de tierras han aparecido dos procesos: los traficantes de tierras y la venta de zonas arqueológicas por parte de los presidentes de los centros poblados del valle. ¿Qué pasó hace dos años? Catorce personas del pueblo de Caral, que tienen casa y tierras, invadieron el parador turístico del sitio arqueológico, por donde entran los turistas, dejan sus carros… Pusieron catorce chozas, no para vivir sino para tomar posesión de esas tierras; otro señor quemó un bosquecito cercano y sembró páprika. ¿Cuál es su objetivo? Quedarse con tierras del Estado. ¿Qué hemos hecho nosotros? Los hemos denunciado por invasores; y, en Semana Santa, con el respaldo del alcalde de Supe -que con maquinaria pesada se ha volado cinco huacas para venderlas como tierras de cultivo- se juntaron contra nosotros. Si el Estado no presta atención a lo que está pasando, esto va a terminar como Aguas Calientes (Cusco). Cuando yo llegué a Machu Picchu como estudiante, había solo cuatro casas en ese pueblo. ¿Por qué se llama así? Porque había filtraciones de aguas calientes. ¡Yo me he bañado ahí! Y ahora es un poblado desordenado, que incluso ocupa un sector por donde puede venir un aluvión ¡y matarlos!

¿Se arrepiente del trabajo realizado durante años?
Jamás, porque hemos recuperado la información histórica que nos ha permitido conocer que, en el Perú, se formó la civilización más antigua de todo el continente americano; y eso, desde el punto de vista social, es una contribución que ayuda a fortalecer nuestra identidad, mejora la autoestima. Si antes logramos brillar en América, ¿qué nos pasa ahora? Pero esto, además, implica desarrollo turístico, beneficios económicos. Los pobladores ya no viven como antes, el que menos tiene un carro.

La Unesco recomendó al Gobierno Peruano, en su momento, que destine mayor apoyo económico para esta investigación.
Tenemos apoyo, nuestro presupuesto es de cinco millones y medio al año…

De dólares.
Soles. Es el más bajo entre todas las unidades ejecutoras. No tenemos ni la cuarta parte de Chan Chan (ríe)… Y con eso estamos tratando de generar un polo de desarrollo: queremos que el visitante se quede en la zona para que genere beneficios para las poblaciones del área.

El 78 un ingeniero huachano la llevó al valle de Supe para mostrarle algo que sabía le interesaría. Usted, con su ojo entrenado, vio que lo que había debajo de esos cerros no era cualquier vestigio.
Y por eso el año 93, cuando yo ya estaba más madura para asumir ese desafío, empecé. Porque ¿qué pasó el 78? Me asusté (ríe)… Yo dije: “Uf, acá hay muchísimo trabajo, esto es un trabajo para toda la vida”.

¿Qué pasó? ¿Qué determinó que un buen día decidiera ir al valle de Supe e iniciara esta investigación?
Fue casual. Yo trabajaba en Bagua y mi familia me reclamaba porque eran tiempos difíciles para el país y yo me alejaba por mucho tiempo. Decidí regresar a Lima. Además, mi hijo estaba por irse a estudiar a Francia y yo necesitaba mejorar mi salario; y con un cuñado decidimos poner un negocio.

¿Qué negocio?
Venta de carros. Él era militar y como yo ganaba poco. El Estado nos maltrataba (ríe)… Y decidí buscar un lugar cercano a Lima donde poder seguir investigando, y elegí el valle de Supe por descarte, porque los sitios más cercanos ya eran trabajados por otros colegas. Me fui al valle adonde nadie estaba trabajando.

¿Qué fue de la venta de autos?
Mi cuñado falleció en un accidente aéreo, y como para entonces mi otro hijo también se había ido a Francia, lo que hice fue alquilar mi casa y dedicarme más a la investigación. O sea, cumplida mi tarea de madre, solo me quedaba apoyar económicamente a mis hijos para sus estudios.

Uno podría creer que si ambos se fueron a estudiar a Francia, tampoco era que usted estuviera mal económicamente.
Cuesta menos mantener a tus hijos en una universidad francesa que en una de acá. Lo que tenía que pagar allá era el departamento, la universidad era gratuita. Además mis hijos entraron becados. Los dos son economistas, no quisieron hacer arqueología; creo que porque eso los llevaba a su mamá (ríe)… Recuerdo que cuando fui a visitar al primero, le dije toda emocionada: “Ya visitaste el Louvre, ¡qué te pareció!”. Me quedó mirando y: “Toda mi vida lo único que he visto son huacos, ¿tú crees que eso es lo primero que iba a hacer al llegar acá?” (ríe)…

Si su sueldo era magro y tenía varias obligaciones económicas, ¿cómo entender que al llegar el fin de semana se subiera a su Volkwagen y fuera por una carretera infame hasta un lugar inhóspito para llenarse de polvo?
Es el interés por la investigación. Después de dos meses de investigación en Caral me di cuenta de que estaba ante un hecho histórico que cambiaba el conocimiento que se tenía hasta el momento.

¿Cuál fue el indicio?
Encontramos un contexto arqueológico pre cerámico asociado a arquitectura monumental. Eso era ¡increíble! ¿Cómo esa gente podía haber construido sin tener cerámica?
¿Cómo era entonces esa zona de trabajo?
¡No había nada! Traíamos agua de un puquial, nos ocupábamos donde nadie nos viera.

Y era feliz.
Feliz de lo que cada día encontraba… Pero nosotros hacemos arqueología social, hemos hecho mucho por las poblaciones del entorno, formamos un taller para que las mujeres hagan artesanías con motivos de Caral que luego pudieran vender; hicimos campañas de detección de cáncer… Y ello, pese a que fue muy difícil: las poblaciones del valle son muy machistas, les duele tener que respetar a una mujer.

¿Y sus colegas, eran machistas?
No todos. Siempre hubo los que te tratan con sorna o te hacen sentir mal al tratarte de enamorar. Yo les proponía realizar trabajos de investigación y me salían con que “qué bonita estás” o tonteras de esa naturaleza.

Fue su papá quien estimuló su acercamiento a la arqueología.
Mi papá era checo, y trató que cada uno de sus cuatro hijos encuentre su vocación. Con lo primero que trató de incentivarnos fue con la música. Después entendí que lo que él trataba era que nuestra formación no fuese solo cognitiva, sino también emocional; y eso es algo que en nuestro país aún no se está dando. “Tienes que ir al colegio, a la universidad, tienes que aprobar…”. Pero, ¿y el sentimiento de identificación con los demás? Y eso se trabaja a través del arte, de la música…

Prueba de ello es que hemos tenido un alcalde que no tuvo ningún reparo en afectar huacas para sembrar cemento.
No le importó. Nuestra universidad (San Marcos) ha sido muy afectada… A través del tiempo he visto la desaparición de una cantidad de restos arqueológicos, y qué pena que sea la misma gente académica, porque no solo el ex alcalde sino también ¡las autoridades de la universidad! Nos falta llegar a una educación más equilibrada, donde la persona no solo tenga el afán por destacar profesionalmente sino también sepa identificarse con su realidad nacional… Nuestras sociedades ancestrales le dieron mucha importancia al equilibrio educativo: cuando trabajé en Puno, en Pucará, me enteré de que casi todos los pobladores de la generación pasada eran músicos o sabían tocar algún instrumento. Igual información recogí en el valle del Mantaro (Junín). Ahora, ya no es así.

¿Y eso qué significa?
¡Sensibilidad! El desarrollo de la sensibilidad social es muy importante.

Bueno pues, es que muchos dirán: eso no da plata.
La sociedad occidental ha dirigido su visión solo hacia la producción de dinero, pero por ese camino vamos a destruir al planeta. Esta es una limitación que tenemos que atender ¡y superar! ¿Adónde nos va a llevar la producción de economía? ¿Para qué tanta producción de dinero cuando debería haber mayor inclusión social, mayor desarrollo en general? ¿Qué estamos haciendo para evitar que la contaminación agrave los cambios climáticos?

Hoy muchas empresas se venden como socialmente responsables. Usted debe tener experiencia tocando puertas, solicitándoles apoyo.
Cuando inicié el proyecto, yo era asesora en el Congreso de la República de una comisión que investigaba el tráfico ilícito de bienes culturales, y por intermedio de Armando Villanueva del Campo me reuní con un empresario que lideraba un gremio para ver si este se identificaba con el proyecto y nos ayudaba. Fui con él, y él siempre se acuerda y se ríe, porque el señor me escuchó muy atentamente y al final: “Mire doctora, yo soy un empresario, yo todo lo veo en función del beneficio económico. ¿Cuál sería mi beneficio económico?”.

¿Qué le respondió?
“Mire señor, usted trabaja en este país y el beneficio económico es que usted le estaría devolviendo al país parte de lo que del país usted está recibiendo”. Es una cuestión de reciprocidad, que no se da hasta el día de hoy.

Precisamente, y de acuerdo a una de sus recientes investigaciones en Caral…
Hay indicios de una vida social diferente, de un desarrollo en paz a través de la conjunción de esfuerzos entre sociedades con diferentes culturas y grados de desarrollo.

O sea que, tras un conflicto, el vencido no era menoscabado.
No, y creo que esa visión de la vida duró, porque la apreciación de valores de esta civilización influenció mucho en otras sociedades; y perduró –en parte- hasta lo Inca, porque cuando el imperio se extendía, primero buscaba el diálogo, no iba de frente al exterminio. Creo que la sociedad de Caral fue la primera civilización que logró que la costa, la sierra y la selva se integraran en un solo manejo del territorio a través del intercambio –de ideas, de bienes…-, fue así que se estableció como civilización.

Marchando en armonía.
Así es.

Irónico: esta civilización creció en armonía y ahora estamos viviendo en un país partido en dos, donde cada bando político agrede al otro.
Desde la llegada de la cultura occidental, en el siglo XVI, no se comprendió ni el territorio ni a la sociedad que vivía en él y se implantaron modelos diferentes para manejar el territorio y la sociedad, eso ha hecho que desde entonces arrastremos una serie de problemas. Según el INEI, el 75% de la población es migrante y vive en ciudades; en el área rural vive menos del 25% y vive abandonada. Ya en los años 60, José María Arguedas decía: “Estamos abandonando nuestra amada sierra que nuestros antepasados convirtieron en jardines colgantes”, refiriéndose a los andenes, que hoy están abandonados. ¿Y qué estamos haciendo en las ciudades? Las estamos ocupando como pulpos, ¡como sea! Entonces, no estamos fomentando felicidad sino delincuencia, conflicto social. ¿Por qué? Porque nuestro desarrollo no está relacionado con lo que es nuestra realidad. Somos personas que no nos queremos entre nosotros. Sin embargo, el patrimonio arqueológico puede ayudarnos a cambiar de actitudes.

Y su empresa, precisamente, ha sido y es poner en valor este patrimonio.
Y damos trabajo: hemos llevado chefs de Lima para que le enseñen a las vivanderas a dar servicios turísticos, hemos hecho talleres para preparar a los orientadores, hemos formado a agentes para la conservación de las estructuras de los patrimonios…

Hay quienes creen que oficios como el suyo son muy románticos, y ello lo vinculan con la ingenuidad. ¿Es así?
No. Hay quienes ven como romántico lo que hago y me cuestionan: “¿Por qué te preocupas por esos ignorantes? Mejor produce investigación y solo dedícate a eso”. Yo les respondo: “Vengan a conocer la realidad del país, acompáñenme a ver cómo viven estas familias”. ¿Por qué hacemos campañas médicas? ¿Por qué nos preocupa la nutrición en los niños? Porque estamos en contacto con la realidad y vemos que los niños no crecen, que mujeres jóvenes lucen envejecidas… Una cosa es leerlo en el periódico y otra vivirlo frente a frente.

¿No es irónico que trabaje investigando a una sociedad milenaria siendo usted parte de una sociedad más bien moderna, que económicamente va bien y que, a la vez, se está comiendo a sí misma?
Caral tiene un mensaje para esta sociedad ‘moderna’, que es moderna porque han pasado cinco milenios, pero que si la comparamos en términos humanos estamos muy lejos de alcanzar el nivel de vida que ellos habían logrado: mucho más armonioso en su desarrollo como personas y como sociedad. Lamentablemente esa no ha sido la trayectoria de la sociedad denominada moderna, cuya perspectiva ha sido más bien solo hacer dinero y capital sin preocuparse por el desarrollo del entorno.

FICHA
Nombre: Ruth Martha Shady Solís.
Colegio: Primaria en el Santa María Goretti. Terminó en el Juana Alarco de Dammert.
Estudios: Educadora, antropóloga y arqueóloga de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Edad: 64 años.
Cargo: Jefa del Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe.

Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe
Ruth lo inició el 93 como una investigación personal junto a un grupo de exalumnos. Al inicio solo tuvo el apoyo de los alcaldes de Supe y Áspero.

Orgullo nacional
Caral data de hace 5.000 años y es considerada la civilización más antigua de América. El 2009 la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad.

Fonte: http://elcomercio.pe/economia/762470/noticia-ruth-shady-mujer-que-cambio-historia-peru (24/05/2011)

Um comentário:

  1. Más que admirable gestión. La doctora Shady y todo el trabajo que realiza en el Valle de Supe debería de ser conocido y reconocido por todos los peruanos. Gran motivo de orgullo.

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