quarta-feira, 17 de fevereiro de 2010

EL FENÓMENO DE LA MOMIFICACIÓN EN EL MÉXICO PREHISPÁNICO




Una momia es un cadáver (animal o humano) cuyos tejidos reflejan la morfología que tuvo en vida porque éstos se han preservado y resistido la descomposición post-mortem durante un periodo prolongado. Momia infantil, Cueva de la Garrafa, Chiapas. MNA.

Foto: Ramón Enríquez, Dirección de Antropología Física (DAF) / INAH
Texto de Josefina Mansilla Lory, Ilán Santiago Leboreiro Reyna

El fenómeno de la momificación es una de las posibles transformaciones del organismo que se pueden llevar al cabo por la acción de la naturaleza o del hombre después de la muerte del individuo. Ocurre cuando bacterias u hongos (flora y fauna cadavérica) se ven imposibilitados para crecer y causar descomposición. En México existen momias desde la época prehispánica, sobre todo en la parte norte del país, y la mayoría proviene de sitios con un ecosistema árido o semiárido, dentro de cuevas o refugios rocosos donde los cadáveres están protegidos y se pueden deshidratar de manera rápida.

En la momificación interviene una amplia gama de procesos y factores bioquímicos, geofísicos y climatológicos que interactúan de manera externa e interna en los organismos después de la muerte. Estos acontecimientos no son exclusivos de algún espacio geográfico específico, pues se presentan prácticamente en todo el mundo y hacen de la momificación un fenómeno que podemos calificar de “global”. En algunas ocasiones y bajo ciertas circunstancias, un cuerpo puede evadir los procesos naturales de descomposición cadavérica y sufrir en cambio un proceso de conservación (natural o artificial) de uno o varios componentes orgánicos, como la piel, el cabello, órganos internos, etcétera. Por lo tanto, una momia se define como un cadáver (animal o humano) o tejido físicamente preservado, que refleja la morfología que tuvo en vida y que ha resistido la descomposición post-mortem durante un periodo prolongado.

En general, existen tres tipos de momificación: la natural, también conocida como espontánea o accidental (debida a factores del medio ambiente físico como la desecación, efectos químicos, anaerobiasis, quelación, congelación, etcétera); la artificial, llamada intencional o antropogénica, es resultado de una intervención humana deliberada (por medio de una variedad de técnicas: evisceración, embalsamamiento, plastinación, criogenización o desecación inducida, entre otras); la tercera es un tipo intermedio entre los dos anteriores denominada natural inducida, es decir, ocurre cuando determinado grupo adquiere por experiencia el conocimiento de lugares o situaciones propicios para la momificación natural y lo aplica a sus muertos con ese propósito (utilización de aire frío o caliente, envolver el cuerpo con materiales absorbentes o colocarlo en áreas favorables para su conservación).

La momificación ha sido descrita en una gran variedad de contextos ecológicos, socioculturales e ideológicos desde épocas muy remotas. Hasta ahora las momias más antiguas son de hace 20 000 años. Se trata de mamuts congelados que fueron encontrados en Siberia. Respecto a las humanas, las llamadas momias artesanales de la cultura Chinchorro, ubicada en el desierto de Arica del norte de Chile, son las más antiguas: una momia de tipo natural o espontánea de hace 9 000 años (7000 a.C.) y una artificial de hace 7 800 años (5000 a.C.). Sin embargo, son las egipcias, dos mil años más recientes, las más conocidas y numerosas.

La investigación de momias humanas ha cobrado cada vez más interés en el mundo, pues su estudio provee información sobre su forma de vida y con ella podemos conocer parte de nuestra historia. El examen interdisciplinario de esos organismos nos permite, en efecto, vislumbrar la vida cotidiana de poblaciones desaparecidas, conocer algunas enfermedades, lesiones y traumatismos, y obtener información sobre tatuajes, peinados, vestuario, así como sobre lugar y forma de depósito del entierro, y utensilios y objetos que acompañaban al muerto.

Asimismo, el contenido del estómago y los intestinos puede revelar datos acerca del modo de subsistencia y de la ecología local; el análisis del cabello puede indicar la exposición a elementos tóxicos como el mercurio y el plomo, o drogas, tipos de dieta y posible procedencia geográfica En ocasiones es posible conocer la causa de muerte por algún padecimiento en proceso o por las lesiones de un traumatismo o patología que dejaron su huella. Tales vestigios han conducido también a determinar el caso de un asesinato o sacrificio. Las reconstrucciones faciales y la obtención de muestras para análisis de ADN, por ejemplo, son otros elementos que pueden proporcionar información médica y genética muy importante. Así pues, un estudio de poblaciones desaparecidas que incluya no sólo lesiones esqueléticas sino también las de tejidos blandos, puede significar un aporte íntegro para acercarse a diferentes procesos, transformaciones y experiencias de estos grupos, como los de vida-muerte, salud-enfermedad o crecimiento-longevidad.

MOMIFICACIÓN EN MÉXICO
Los hallazgos de cuerpos y restos momificados o parcialmente momificados en México se remontan a la época prehispánica y continúan en la actual; la mayoría provenían de sitios con clima árido o semiárido o microambientes semejantes, depositados en cuevas, criptas, subsuelo de iglesias o espacios donde los cadáveres se deshidratan. Existen también referencias acerca de embalsamamientos de grandes personajes, como arzobispos o virreyes, durante el virreinato, con el fin de trasladarlos a Europa.
Más tarde tenemos ejemplos como el del emperador Maximiliano de Habsburgo (1867), que fue embalsamado dos veces, y otros no menos célebres: la pierna de Antonio López de Santa Anna, la mano del general Álvaro Obregón o el cuerpo del presidente Benito Juárez García (1872). No obstante, en nuestro país las momias son en la mayoría de los casos producto de un proceso accidental de desecación, causado por una gran variedad de factores (clima, lugar y forma de depósito, ajuar funerario, preparación del lugar de la inhumación, edad, sexo y varios más), que generalmente actúan de manera coordinada.

En el acervo de la Dirección de Antropología Física del INAH se cuenta con una colección de momias que provienen de varios sitios y temporalidades. La más antigua hasta ahora procede del estado de Tamaulipas, fechada por carbono 14 en 670 a.C. Restos momificados o parcialmente momificados se encuentran además en Baja California, Coahuila, Chihuahua, Sonora, Durango, Zacatecas, Morelos, Guanajuato, Guadalajara, Tamaulipas, Querétaro, Hidalgo, Puebla, Oaxaca, ciudad de México, Yucatán y Chiapas.

El fenómeno de momificación en el periodo prehispánico se presentó generalmente en la zona norte, y en todos los casos proceden de cuevas mortuorias y abrigos rocosos, donde la protección de la cueva misma y el ecosistema semidesértico es favorable para la preservación orgánica.

Por otro lado, como parte de un rito funerario, los cuerpos eran envueltos en mantas tejidas con fibras vegetales absorbentes y/o en petates o pieles de animales, para conformar bultos mortuorios atados que también favorecen la rápida desecación tisular. Los órganos internos son los últimos en desecarse, lo que los hace susceptibles a la putrefacción y rara vez se conservan. Los difuntos eran colocados comúnmente en posición sedente (sentada), fuertemente flexionada, con los brazos y rodillas junto al tórax o en decúbito lateral con ambas extremidades igualmente flexionadas hacia el tronco (posición fetal); esta posición se conservó en general gracias a la sujeción del cadáver con las mantas, ataduras y petates que conforman el bulto mortuorio.

Los cuerpos en su mayoría muestran sobre la piel huellas de diferentes textiles “tule, yute, palma, ixtle, algodón”, y también los hay con plumas, hojas, pieles, etcétera. En algunos casos las momias tuvieron varias envolturas, y la final solían formarla petates de tule o ixtle, como los que conservan varios bultos infantiles encontrados hasta ahora.

Las momias encontradas hasta la fecha en Mesoamérica son sólo cuatro, todas de tipo natural; tres de ellas se hallaron en cuevas y la cuarta fue objeto de saqueo. Las tres primeras son cuerpos infantiles: una momia de casi tres años llamada ahora “Pepita”, encontrada en 2002 en el interior de un abrigo rocoso de la localidad de Altamira, Cadereyta, Querétaro, con una antigüedad de 2 300 años; una niña de cerca de año y medio, hallada en la Cueva de la Garrafa, Chiapas; y otra se encontró en la Cueva del Gallo, Morelos, y corresponde al periodo Preclásico o Formativo. La última correspondía a un individuo adulto masculino, cuyos datos arqueológicos se perdieron a causa de los ladrones de tumbas.

Estudios en México
En México el estudio sistemático de momias es reciente; sin embargo, la primera referencia se remonta a 1889, cuando al describir el cuerpo incompleto de un hombre momificado, Leopoldo Batres concluyó que se trataba de la primera momia antigua descubierta en territorio mexicano. El hallazgo ocurrió en Comatlán, Huajuapan de León, Oaxaca. Su adscripción a la cultura tolteca se debe a los dibujos geométricos encontrados en los brazos, que Batres identificó como toltecas.

El 30 de agosto de 1934, Roberto Palazuelos presentó un informe en el que describía dos momias encontradas en la cueva de Pitahayo, en la región del Mezquital, Durango. Las momias habían llegado al Departamento de Antropología Física del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía para su estudio y dictamen, pues se afirmaba que se trataba de pigmeos.

En otro trabajo, publicado en 1974 por Heinemann (en Aufderheide, 2003), se describe una momia infantil encontrada en una cueva cercana a la ciudad de Durango. Se le determinó una antigüedad de 950 ± 300 años y entre tres y tres y medio años de edad; no se pudo determinar el sexo, y el estudio xerodiográfico reveló la existencia de una masa en el tórax cuya etiología no pudo establecerse en los análisis histológicos.

En 1985, Tyson y Elerick publicaron un estudio que refiere sus hallazgos en el cuerpo incompleto de un infante y en el de una adolescente cuyo vientre conservaba un feto, cuya cronología era de entre 1040 y 1260 d.C. Ambas momias fueron sustraídas de la Sierra de Chihua-hua en 1966 y llevadas a California.

PROYECTO “LAS MOMIAS DE MÉXICO”
Este proyecto, adscrito a la Dirección de Antropología Física del INAH, tiene como objetivo contribuir al conocimiento del hombre en el México antiguo y en su devenir, así como conservar el patrimonio nacional de restos humanos momificados. Se trata de analizar y discutir el fenómeno de la momificación desde la época prehispánica hasta la moderna dentro de su contexto socio-eco-cultural, incorporando información sobre la variabilidad, modo y calidad de vida. Es un proyecto multi e interdisciplinario en el que participan investigadores del INAH e institutos nacionales como los de Rehabilitación y Cardiología, el Instituto de Investigaciones de Estudios en Materiales y de Física de la UNAM, CT Scann de México y la uam Iztapalapa, entre otros. Entre sus tareas están el recuento, la ubicación y el fechamiento de las momias mexicanas en México y Estados Unidos (en museos de California y Arizona), la valoración de su estado de conservación y las medidas necesarias al respecto, así como su estudio individual y colectivo.

Además de los datos de ubicación en tiempo y espacio, ecosistema, cultura y sociedad, se busca determinar y estudiar el tipo de momificación, sitio de depósito, prácticas funerarias, posición del cuerpo, edad y sexo, filiación étnica (perfil biológico básico), evidencias de enfermedades e indicadores de respuesta a agresiones ambientales, causa de muerte, tatuajes o cualquier alteración corporal, ropaje, mortaja o bulto funerario, objetos personales, ofrenda, objetos o materiales asociados al individuo y cualquier otro vestigio arqueológico o histórico (fuentes escritas o verbales) y, además, incorporar un estudio de etnografía comparada con grupos actuales.

La metodología aplicada en el estudio de los cuerpos momificados abarca desde su análisis macroscópico “técnicas de imagenología, endoscopía, radiación electromagnética (ultravioleta e infrarrojo)” hasta el análisis molecular “adn, pcr, difracción de rayos X, espectroscopía infrarroja”, así como técnicas de microscopía electrónica de barrido, análisis de composición elemental EDS y microscopía de fuerza atómica. Desde sus inicios los que colaboramos en el proyecto “Las momias de México”, conscientes del valor único de los materiales momificados, hemos coincidido en que el criterio en la selección y aplicación de las técnicas científicas antes mencionadas sean no invasivas (destructivas).

El estudio multidisciplinario e interdisciplinario ha contribuido al conocimiento de la antigüedad y evolución de enfermedades en México. Al detectarse, por ejemplo, la presencia de ADN de Helicobacter pylori, “una bacteria causante de diferentes enfermedades, especialmente úlceras gástricas o duodenales, cáncer gástrico y linfoma gástrico”, en una momia prehispánica mexicana, se han obtenido datos que permiten analizar el modo y calidad de vida de esos grupos.

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• Josefina Mansilla Lory. Doctora en antropología física por la UNAM. Investigadora de la Dirección de Antropología Física del INAH, en donde coordina los proyectos “Las momias de México” y “Estudio de las agresiones ambientales (estrés) en poblaciones desaparecidas de México”. Especialista en investigaciones sobre poblaciones antiguas.

• Ilán Santiago Leboreiro Reyna. Licenciado en antropología física y postulante a maestría en antropología por la UNAM. Colaborador en el proyecto “Las momias de México”. Especialista en estudios sobre ritos funerarios prehispánicos en el norte de México.

Fonte: Revista Arqueologia Mexicana Vol. XVII, número 97, pp. 22-29, http://www.arqueomex.com/S2N3nMomias97.html

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