domingo, 5 de dezembro de 2010

La niña del rayo

Un ensayo sobre las atribuciones de la ciencia, los custodios de las identidades y los patrimonios y los derechos de los pueblos originarios.

Por Hans Schulz.

Momia del cerro El Toro, Arqueólogos junto a J. Schobinger, 1969

Primer reconocimiento
Jarred, mi hijo de 8 años, en una experiencia que no se olvida fácilmente, se paró frente a la pequeña ventana de aquella pared interior del museo de Salta que exhibe las momias del LLullaillaco, y apretó el botón. Detrás del vidrió se prendió la luz y apareció el rostro momificado de la niña. Mi hijo y ella tenían en ese entonces casi la misma edad, pero él, la observaba desde otro mundo.

Hoy, el volcán sagrado está en la boca de todos. En aquel entonces, recién se comenzaba a hablar de él, descontando claro está, que el LLullaillaco, a mediados del siglo XX, ya había cobrado cierta trascendencia. En 1953, el aviador y héroe de guerra alemán Hans Rudel, junto a otros expedicionarios, escaló el volcán con su pierna ortopédica y descubrió el antiguo santuario inca. En su libro “Von den Stukas zu den Anden” (“De los Stukas a los Andes”), escribe que personalmente estaba en contra de tocar “la última morada de cualquier difunto”, y por ello descendieron sin hacerlo. Sin embargo, no mantuvo su palabra, y el mismo año volvió sobre sus pasos con otros escaladores, en lo que pasó a ser luego la primera “expedición científica” en pos de aquellas tumbas sagradas. Excavaron, removieron y sacaron fotos. Por el ultraje, el volcán se cobró una vida, la del librero Erwin Neubert. Rudel, obsesionado por aquella cumbre sagrada, subiría dos veces más al volcán, la última en el año 1954. Luego, las tumbas y los restos dispersos, durmieron el sueño de los justos y se hundieron en el olvido.

La irrupción de la historia
El olvido sin embargo fue aparente. Desde las desoladas alturas los niños muertos llamaban a los vivos. Sólo Dios sabe si durante el ritual, los inocentes chicos estaban concientes de que ese era el final de su infancia, y de que con su muerte contribuirían a mantener el frágil equilibrio del mundo de los que seguían viviendo. Dentro de la cosmogonía mítica, era sin duda un ingreso glorioso al otro mundo, al que todo el universo viviente estaba irremediablemente encadenado. Muertos anónimos, descansaron por siglos bajo las piedras del inmenso volcán, en un entorno que a juzgar por las fotos, pareciera estar más cerca del cielo que de la lejana tierra desde la cual llegaron. Mientras que dormían el sueño eterno, el frágil tejido del mundo para el cual habían sido sacrificados, se derrumbó. Al mundo lo fue poblando gente extraña que trajó consigo otros dioses. Con una curiosidad insaciable por todas las cosas, miraban, analizaban, tocaban, profanaban y coleccionaban, es decir: saqueaban y dominaban. Los científicos, la retaguardia inmaculada de los pueblos civilizados que sometieron el mundo andino a las nuevas leyes europeas, registraban impasibles todos los detalles de lo que una vez había sido. A la geografía sagrada tardaron siglos en llegar, pero finalmente golpearon a las puertas del santuario, y los niños se estremecieron. En el año 1999, una expedición multinacional financiada por la National Geographic Society, decidida a profanar las tumbas en nombre de la ciencia occidental, llegó a la cumbre. Estaba liderada por un antropólogo norteamericano que actuaba lejos de las leyes que en su propio país limitan esa actividad y ponen a tumbas y demás restos arqueológicos de los pueblos originarios bajo el amparo de “las leyes de protección y repatriación de las tumbas nativas”, algo que se conoce en esas latitudes bajo NAGPRA. La expedición concluyó con éxito y en el museo las fotos de los científicos describen la proeza. La prensa sin embargo, comenzó a develar una controversia, que incluía a científicos, habitantes originarios, organizaciones de defensa de los patrimonios y la opinión pública.

Mientras tanto en el museo, y para adaptarse a los nuevos tiempos que corren, los custodios de la identidad y los patrimonios contemplaron todos los detalles posibles para hacer de la exposición de los niños una muestra impecable e incluso políticamente correcta, si es que esto aún es posible. Por otro lado, los que participaron de la expedición, escribieron libros, recorrieron el mundo dando conferencias, y se proyectaron a la fama. Al igual que los antropólogos de antaño, que luego de largas estadías en países exóticos y entre pueblos extraños, reconstruían en los gabinetes y con los testimonios de los sobrevivientes de la hecatombe colonial las culturas ideales, los niños sagrados, despojos ilustres del imperio que deshicieron la conquista y la codicia, hicieron famosos a los arqueólogos de altura que participaron en “la expedición al Llullaillaco”. Les concedieron la gracia de su poder divino, y cualquiera puede reconocer así, el grado supremo de su bondad.

“Las momias incas”

Revista National Geographic, 1999.

El volumen 196 del mes de Noviembre de 1999 de la edición internacional de la revista National Geographic, publicó bajo el título “Inca Sacrifice”, la historia del hallazgo. Probablemente basada en la considerable historia previa de controvertidas publicaciones similares, el artículo es medido y cauto y las fotografías no remiten directamente a la idea de que se está ante un nuevo trofeo de los occidentales. Lo mismo puede decirse de la edición del año 1998 que lleva el título “Nuevas momias Incas” y que describe otros nuevos hallazgos de Reinhard en Perú. Sin embargo, por su impune crudeza, algunas de las fotos de los arqueólogos en acción, no dejan dudas de que se está ante una profanación. Sin embargo, es en artículos posteriores y a medida que van apareciendo las fotos de los arqueólogos Johan Reinhard y la Dra. Constanza Ceruti posando en diferentes actitudes “científicas” con los niños en la cumbre del LLullaillaco, que la excavación va cobrando su verdadero sentido. Con el tiempo, los científicos y la prensa en general, ávida de lectores obsesionados con lo raro y lo extraño, dejaron de lado un cierto pudor y comenzaron paulatinamente a mostrar las miles de imágenes que habían quedado ocultas a la mirada pública. Es como si después del recato inicial que tiño a la primera publicación, se diera finalmente rienda suelta a la intención original de mostrar con absoluta impudicia, la totalidad de los testimonios del sacrilegio. Bajo la mirada de una lectura política contemporánea no son imágenes ingenuas. Afirman sin concesiones el final de los tiempos míticos y proclaman el triunfo definitivo de la ciencia occidental sobre cualquier religiosidad remanente. Para los acostumbrados a la observación sistemática de fotografías históricas sobre el encuentro de las culturas, son solo la triste continuidad de la iconografía colonial del occidental con su trofeo, del cual la antropología tampoco pudo sustraerse. Basta con recordar las incontables fotografías que muestran al impecable “investigador blanco” en el medio de la barbarie primitiva. El artículo de Reinhard en la revista National Geographic, fue el más leído en su categoría en los últimos años, y la empresa Ford Motor Company catalogó al arqueólogo como uno de los doce “héroes del planeta”. También la revista Time, describió la profanación de las tumbas del LLullaillaco, como uno de los más grandes descubrimientos de la ciencia, lo que no deja de despertar serias dudas sobre los parámetros que se utilizan para establecer el criterio. Recorrer con la mirada la serie de fotos de la página digital de aquel que una parte de la prensa llama “el indiana Jones de la arqueología”, es un viaje que bien vale la pena. Liberado de las limitaciones que seguramente le impuso la dirección de la revista norteamericana, muestra allí con total impunidad, su ilimitado entusiasmo de héroe emblemático de la ciencia. Entre los paisajes andinos de sublime belleza y la hazaña científica autopromocionada, se intercalan las imágenes con los trofeos, como la de un cazador con su presa. A los sensibles a las rupturas culturales, no les transmiten la sensación de una osada aventura, sino una especie de zozobra emocional y un dejo de infinita tristeza. Traen recuerdos de Lord Kitchener, el guerrero colonial y su intención de usar la calavera de su enemigo, “el Mahdi”, como tintero en su escritorio. Sin embargo, es el inmenso poder de los tres niños muertos a los que no han dejado dormir el sueño eterno, lo que conmueve. Exilados de su última morada a la que fueron destinados, los cuerpos de los niños descansan ahora en la ciudad de Salta, rodeados de curiosos irreverentes, mientras que sus almas vagan todavía sin rumbo por las cumbres andinas. Las notas en revistas especializadas, diarios y libros, no dejan de aparecer y cada año se incrementa el número de visitantes al museo. Lo mismo sucede en Arequipa con la “doncella del hielo”. Todos quieren su parte del saqueo, que los arqueólogos de altura entrelazaron con la industria de los viajes y el turismo.

Arqueología, momias, museos y atracciones turísticas
Las momias incas como trofeos científicos son sólo el último eslabón de una larga tradición que se alimenta de la mórbida fascinación del público en general por los cuerpos muertos que han sobrevivido a lo largo de siglos o incluso milenios. Basta con hojear el manuscrito y observar las fotos del folleto “La momia del Cerro El Toro” del arqueólogo Juan Schobinger, publicado en 1969 en Mendoza, para descubrir detrás de ellas la misma filosofía. Los arqueólogos con la momia fuera de su tumba, es en su concepción de cazadores con su presa, casi idéntica a la que muestra a los arqueólogos del LLullaillaco. La que muestra a un integrante de la expedición descendiendo por la ladera con la momia a sus espaldas en la misma publicación, reviste para la mirada actual una sensación de insoportable impunidad. Momias de la edad de hierro conservadas en ciénagas del norte europeo, momias de la prehistórica americana conservadas en las arenas del desierto del valle de Azapa en el norte de Chile, o momias incas en los santuarios de altura, todas ellas envueltas en una tenebrosa atmósfera de muerte inconclusa, son la mejor portada para promover las ventas de las revistas especializadas y en muchos casos para promover los negocios turísticos. “Los muertitos del LLullaillaco”, los llama una revista, “Los enviados al sol” otra. Las tapas los muestran siempre en impúdica exhibición, recién desenterrados o detrás de los colores blancos de un laboratorio, en él que dos manos científicas enfundadas en guantes blancos se aproximan a la cabeza ya una vez sacrificada, revelando la clara intención de una nueva y última profanación. En el caso del LLullaillaco, rara vez se ha visto en los medios un uso tan intensivo de imágenes de un descubrimiento arqueológico. Priva aquí, como en todos lados, la fascinación por lo exótico y la idea del espectáculo. En el momento en que bajo el imperio de una nueva ética, calaveras, momias, huesos y otros restos de aquellos a los cuales les quitaron la tierra que los vio nacer, la religión que los sostuvo e incluso la vida, abandonan las vitrinas, los niños sacrificados del volcán, arquetipos de la religiosidad arcaica de otros tiempos, hacen su ingreso anacrónico a los medios y al museo. Todos los que escriben sobre ellos, hacen un uso desmedido de conceptos de corte divino, mientras que las acciones que se muestran, contradicen el discurso dejando en claro que ya nada es sagrado. Las fotografías de las excavaciones en la cumbre no pueden ser más elocuentes. Si aquello es un santuario, ¿que destino podemos esperar para los lugares profanos? En realidad, todos saben lo que está en juego y por ello, nadie termina de elegir los conceptos adecuados, como si no se estuviera absolutamente seguro de que se esté haciendo lo correcto. Se habla de “recuperación de cuerpos humanos”, de “excavaciones científicas”, de “valiosas contribuciones a la ciencia y al patrimonio cultural” y de “la precaución que los arqueólogos siempre toman para garantizar una adecuada preservación de los sitios excavados”. El miedo al saqueo se esgrime como la razón de la necesidad urgente de las excavaciones y el estudio científico de los santuarios. “La reina del cerro”, una momia con su historia de saqueo y tráfico ilegal de restos a cuestas y expuesta en una sala contigua, confirma la sospecha y justifica el exilio forzado de los niños. Pero dentro del discurso general se intuye una sensación de inseguridad, como si los protagonistas y sus financistas tuvieran la duda de que no se está haciendo lo correcto. Todos están a la defensiva, como si los acechará una amenaza, sobre la cual no pueden dar precisiones. La exposición meticulosa y científicamente segura de los restos con un propósito educativo para el público general, simple espectador del resultado de la labor de los especialistas en el manejo de los patrimonios culturales, es el argumento final que justifica todo el proceso. En cierto sentido, recuerda los argumentos de Carlos Hagenbeck, un empresario de Hamburgo que a fines del siglo XIX y para deleite del público “civilizado” en general, promovía el traslado de “tipos de raza del extranjero” hacia Europa, y que como corolario, justificaba el negocio por los valiosos resultados que para la ciencia esto significaría. En términos generales, la lectura detallada de las declaraciones públicas de varios científicos con respecto a este tema, tiene una ligera similitud con las declaraciones sobre el medio ambiente que hacen las grandes empresas mineras. Parece haber algo en común entre los que profanan la tierra en busca de oro y los que la profanan en busca de momias. Ambos, al hacerlo, parecen convocar alguna milenaria y oscura maldición. Abrir la tierra sin sembrar parece atentar contra un código ancestral, abrir las tumbas también. La idea esgrimida por los directivos y científicos del museo, de que el lugar actual de los niños expuestos es un nuevo santuario para las comunidades indígenas, no convence a nadie. Las comunidades originarias están en los cerros junto a los volcanes. Es difícil creer que el santuario de altura sobre el imponente LLullaillaco, que en plena cordillera de los Andes albergaba a las tres momias, pueda ser reemplazado por un museo especializado para turistas curiosos en plena ciudad de Salta. El tema remite a las reflexiones del antropólogo francés Jean Rouch, que en la década del 60 advertía que en muchos casos y luego de los trabajos de campo, los científicos ganaban preeminencia y contratos académicos lucrativos, mientras que las culturas lejanas que habían estudiado se seguían hundiendo en el olvido y la desesperanza, a causa del despojo a que los sometía la misma civilización que pagaba los trabajos que sobre ellos se publicaban y también las cuentas de los que sobre ellos escribían. Aquí todo sucede en la misma geografía, a sólo algunos kilómetros de distancia, aunque muchas veces parece que la lejanía entre los desenterradores y las comunidades originarias, no es muy distinta a aquella que, según el francés, existía entre los investigadores europeos de la metrópolis y las tribus de las colonias. No deja de flotar en el ambiente la pregunta definitiva sobre el derecho que se arrogan unos pocos, de cambiar de lugar a los santuarios sagrados que pertenecen a las comunidades originarias, sin siquiera consultarlas. Para algunos, visto desde la distancia, es casi como un golpe de gracia a aquellos que ya tantos golpes han recibido.

Curiosidades etnológicas en el exilio
Hace sólo unos meses y desde el Salar de Atacama en Chile pude ver hacía el sur y a lo lejos por primera vez a la montaña sagrada. En ese momento hubiese querido no haber visto nunca a los niños desamparados del museo de Salta. Sin embargo, en un último viaje, caminando por la plaza de Salta, sentí nuevamente el llamado de los niños y volví al museo. Luego visité la Catedral en donde el Cristo y la Virgen de los Milagros atraen a fieles y curiosos. Quedé allí, en ese otro espacio sagrado por un largo rato, y entonces comprendí que sólo ellos, entre todos los muertos y los vivos que habitan esa plaza, pueden comunicarse con los niños, para darles intimo consuelo en su destierro.

Mientras tanto, la geografía sagrada de las altas cumbres se está despoblando de momias y los cerros se están desencantando. Deberían haber dejado allí a los niños y declarando al LLullaillaco un “Volcán Sagrado” como la roca “Uluru” en Australia.

Los habitantes del altiplano siguen considerando sagrados a sus cerros, a los que los une la religiosidad arcaica que da sustento a su mundo, y de la cuál “la niña del rayo”, “la doncella” y “el niño” forman parte. En su exilio, los niños son ahora sólo “curiosidades etnológicas”, tres especimenes humanos destinados a ser observados por gente extraña en el lugar equivocado.

Nunca pude saber a ciencia cierta que sintió mi hijo, cuando en silencio observaba a aquellos niños, pero al preguntarle un tiempo después, si hubiese sido mejor dejarlos en paz, durmiendo en el lugar en él que fueron sacrificados, me respondió afirmativamente, como si en aquel corto encuentro, su pequeño corazón que todavía late bajo su cuerpo, hubiera establecido con ese otro corazón de sangre helada, una secreta comunicación, y comprendido así, lo que no comprendieron los que profanaron sus tumbas en el nombre de la ciencia.

Fonte: http://www.bariloche2000.com/comentarios/cronicas--por-hans-schulz/55253-la-nina-del-rayo.html (29/11/2010)

Nota:
Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Ecuador trabajan actualmente en un proyecto común para inscribir en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO los caminos prehispánicos (Qhapaq Ñanque) que alcanzaron su máximo desarrollo en el Siglo XV, con el Estado Inca. Se han seleccionado para este proyecto en la provincia de Salta: La Quebrada del Toro/Valle Calchaquí y el Complejo Arqueológico Volcán LLullaillaco. ¿Volverán entonces los niños a su espacio sagrado?
www.maam.org.ar

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